lunes, 10 de noviembre de 2025

Morado.

Hoy me duele el alma, pero también el labio.

No sé cuál de los dos sana más lento.

A veces pienso que tengo una especie de imán para el caos disfrazado de cariño. Que cada vez que alguien me toca, algo en mí se quiebra, aunque al principio parezca una caricia. Hoy, por ejemplo, tengo el labio morado, y no por un beso apasionado de película, sino por un camino incorrecto hacia mi boca que ahora provoca más dolor de lo que debería.

Y mientras espero que baje la hinchazón, una señal hace que termine en emergencias, como si mi cuerpo también quisiera gritar lo que mi corazón no sabe poner en palabras.

No entiendo por qué cada historia que empiezo termina como una herida mal cerrada, con un “no era el momento” o un “no era para ti”.

Tal vez soy yo la que no aprende, la que aún cree que el amor puede salvar y te puede cambiar, aunque ya me haya demostrado mil veces que también puede romper.

Hoy solo quiero silencio.

Quiero una manta, un poco de música triste, y dejar que todo duela hasta que deje de hacerlo.

Porque sí, estoy triste.

Porque sí, otra vez algo terminó mal.

Pero también sé —muy en el fondo— que un día de estos, cuando me mire al espejo y ya no vea el labio morado, voy a recordar esto como una lección más, no como una derrota y recordar que incluso la luna también tiene una fase oscura.

Una pena que no te gusten los Bándalos Chinos y Santiago Motorizado, la salita de espera es un gran lugar para volver a escribir.
 


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